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viernes, 30 de mayo de 2008

"Sé tú mismo", un relato de Eva Sarmiento para el Club de Lectura.

SÉ TÚ MISMO.


¿Por qué somos tan cobardes para no hablar de lo que pensamos realmente por miedo a que los demás no tengan nuestra misma opinión? ¿Por qué no defendemos las cosas en las que realmente creemos y no las que “molan”?
Por suerte, en el mundo hay gente que si lo hace (aunque sea poca) y te anima a imitarla. También por suerte yo he conocido a una de esas personas, esas que por defender sus creencias son discriminadas por ignorantes, perritos falderos que no hacen nada sin su amo.
Esa persona se llama… su nombre es lo de menos. Lo importante es nuestra historia.
Nos situamos en un instituto cualquiera, en cualquier lugar, a cualquier hora -digo esto porque en cualquier instituto de cualquier lugar y a cualquier hora pasa esto, aunque nadie se entere-, pero no en cualquier clase, no, en Lengua y Literatura. La profesora llega a clase y dice:
- Quiero presentaros a vuestra nueva compañera: Nerea-. Desde que oí ese nombre mi vida cambió por completo. De repente entra en el aula una chica morena, delgada, con una inocente sonrisa y los ojos más bonitos que en mi vida había visto. Su corta melena cubría parcialmente sus mejillas cubiertas de un manto de pecas casi invisible. Vestía una camiseta de rayas de colores y unos pantalones vaqueros que le sentaban realmente bien. Lo que más me sorprendía de su vestimenta es que no ponía ni Adidas, ni Adolfo Domínguez, cosa a la que estaba acostumbrado ya que mi clase estaba llena de “diseñadores”. Lo siguiente que me llamó la atención fue una pegatina de su carpeta que decía DEFIENDE TUS CREENCIAS.
Después de una rápida ojeada a todos los compañeros se acercó a mi mesa y me preguntó si se podía sentar a mi lado. Yo, todavía embriagado por su encanto le respondí con un tímido: -Claro-.
En general el día transcurrió con normalidad y después de compartir unas palabras con mi nueva compañera, me ofrecí a enseñarle el edificio.
Lo que más le sorprendió fue el patio, ya que tiene un maravilloso césped en el que descansar después de un largo día de estudios. Me contó, que se acababa de mudar a esta ciudad, porque le habían ofrecido a su padre un trabajo en el hospital.
Después de una agradable comida –por la compañía, no por el alimento- salimos a la entrada, como yo hago de costumbre. También como de costumbre saqué un cigarrillo y lo encendí. Ella me miró de forma extraña y le dije:
-Si te molesta, lo apago-. Ella me sonrió y me dijo:
-Aunque me molestara, no te diría que lo apagaras. Soy de las que piensan que fumar mata, pero también de las que respetan a los que lo hacen-.
-¿Nunca has fumado?-, le pregunté después de unos segundos de silencio.
-No. Quizá eso me convierte en una “chica rara”-.
-No, claro que no. Eso es lo malo que tenemos los que lo hacemos-.
-¿A qué te refieres?-.
-A que la mayoría de los chicos que fumamos, empezamos porque parece que así somos más guays, y nos reímos de los que no lo hacen-.
-Parece que tú no y la verdad es que eso me ha sorprendido. Nunca había conocido a nadie que aceptara desde el primer día, mi personalidad-.
-Quizás no me conoces bien-. Por suerte ella no pudo oír esta última frase.
El día siguiente se convirtió en el peor de mi vida. Después de mi cigarrillo matinal llegué a clase y Nerea ya estaba allí. Estaba leyendo un libro para clase y parecía que le estaba gustando. Dejé mi mochila sobre la mesa y después de interesarme por su lectura le dije:
-El profesor no va a venir hoy a clase. Si quieres podemos ir al patio y nos sentamos en el césped.
-Está bien-. Salimos de clase y cuando íbamos a bajar las escaleras me di cuenta de que el móvil no estaba en mi bolsillo.
-Espérame. Voy a por el móvil-. Ella obedeció a mi petición y me esperó. Llegué a clase cogí el móvil de la mochila y cuando iba salir apareció Paco. Se acercó a mí y me dijo:
-Parece que te ha gustado la nueva, ¿eh?-, el ¿eh? vino acompañado de un codazo en el estómago. Yo, intentando librarme de su compañía le dije:
-¡Que dices hombre! Pero tú no ves que pintas tiene de hippie. Y, encima, no fuma. ¿Quién te crees que soy?-. De repente me sentí el peor hombre del mundo, no solo por lo que acababa de decir, sino porque cuando me giré vi el rostro de Nerea en la puerta, y lo que más me rompió el corazón: por su mejilla resbalaba una lágrima que no era precisamente de alegría. Salí corriendo detrás de ella pero desapareció de mi vista en el final del pasillo.
No sé como se las arregló, pero en la clase siguiente no se sentó a mi lado, sino que se fue para el fondo de la clase. Lo mismo hizo durante los dos días siguientes.
El viernes había en el salón de actos una representación teatral por parte del grupo de teatro del instituto. Nadie se la iba a perder porque ir era una excusa para librarse de clase. Nunca me gustaron ese tipo de representaciones, porque siempre tenía que subir al escenario para participar –siempre salía yo- pero ese día vi ahí una ocasión que no podía dejar escapar. La obra trataba de las complicaciones que tiene la amistad entre los jóvenes. Cuando fue el momento de sacar a alguien sorprendentemente no me sacaron a mí, sino a Paco. Pero aún tenía otra oportunidad: el coloquio con el director de la obra al final de ésta.
Se presentó mi oportunidad y pedí el micrófono. Me dirigí al director
-bueno, no exactamente a él- lo más directamente posible:
-Me gustaría, más que hacer una pregunta, contar algo de lo que no estoy orgulloso y de lo que me gustaría que usted o alguien me aconsejara.
He perdido en estos días la amistad más importante de toda mi vida….-, entonces, oigo la estúpida voz de Paco:
-No hace falta que me pidas perdón-. En el salón de actos estalló un ir y venir de carcajadas que me enfadaron más de lo que estaba.
-Paco, no soy tu amigo, ya no. Personas como tu son las que me habéis convertido en la persona que soy. No me gusta ser como tú así que como me vuelvas a interrumpir con una de esas gilipolleces te parto la cara-. Frunció el ceño y entonces proseguí:
-Como estaba diciendo, he perdido la amistad más importante de mi vida, por engañarle, más bien por engañarme a mí mismo y engañar a los demás. Esta amistad de la que hablo me ha hecho descubrir como soy realmente y como creía que era. Antes de que me de su consejo quiero pedir perdón por decir algo que no era verdad y que ha herido a una persona a la que quiero mucho…-. De nuevo se produjo una interrupción, pero esta vez por parte de Nerea que salió corriendo del salón de actos llorando en dirección al baño. Cuando el director iba a responder a mi cuestión salí corriendo detrás de Nerea y llegué justo a tiempo para no dejarle cerrar la puerta. Entré y se encerró en uno de los servicios individuales exigiéndome que me marchara.
-No me iré hasta que me escuches-, el silencio reinó entre las cuatro paredes.-Te prometo que lo que le dije a Paco no es lo que pienso. En ese momento era una persona destinta contigo y con él. Pero me quedo sin duda con la que era contigo. Sé que no me perdonarás diga lo que diga así que, solo te voy a dar las gracias por demostrarme que dentro de mí había una persona mejor que la que era antes, y por compartir tu amistad conmigo. Te estaré eternamente agradecido-. Esperé una posible respuesta que no se produjo hasta que coloqué mi mano en la manilla de la puerta dispuesto a salir. Ella salió de su escondite y dijo:
-¿Sabes que es lo peor de todo? Que me encanta estar contigo. Que en muy poco tiempo me he acostumbrado a tu compañía y ahora no puedo vivir sin ella-.
-No vivas sin ella. Quiero volver a estar contigo como antes. Que me vuelva loco al verte, que me cautive de nuevo tu sonrisa, volver a perderme en esos ojos… Creo que yo tampoco puedo estar sin ti-. Mientras decía esto, me acercaba más a ella, mi mano acariciaba su cara y cuando me quise dar cuenta la estaba besando. No fue mi primer beso, pero sí el primero que sentí de verdad. Entonces me di cuenta de que la quería.
Con esta historia quiero deciros que ser uno mismo en todos los aspectos de la vida es el mejor adjetivo de la personalidad de cualquiera.
Y sino miradme a mí que siendo yo mismo he ganado conocerme a mí mismo y conocer a lo mejor de mi vida, a mi razón de vivir, a mi niña, para la que siempre tendré reservado mi corazón.